lunes, 29 de diciembre de 2014

Las mejores películas de 2014

El balance del año que termina no es malo del todo. Estrenaron grandes directores que no están en la lista de las mejores (Eastwood), lo cual indica un nivel elevado. Si el año 2013 destacaron Haneke (Amor), Allen (Blue Jasmine), Cuarón (Gravity) o Anderson (The Master), esta vez tenemos a gente como Scorsese, Linklater, Payne o un desconocido Lowery. Repite Villeneuve, que nos cautivó con Prisioneros y firma una de las películas más inquietantes del año. Que ustedes las disfruten:

EL LOBO DE WALL STREET. Martin Scorsese


NEBRASKA. Alexander Payne


ENEMY. Denis Villeneuve


EN UN LUGAR SIN LEY. David Lowery


BOYHOOD. Richard Linklater


LA ISLA MINIMA. Alberto Rodriguez


También destacables: 

A propósito de Llewyn Davis. Hermanos Coen
Perdida. David Fincher
Solo los amantes sobreviven. Jim Jarmusch
Ida. Pawel Pawlikowski





Series de TV:



Otras listas publicadas: Las mejores películas de 2014

Kenneth Turan. Los Angeles Times      Richard Corliss. Revista Time

The Guardian    Sight and Sound    Todd McCarthy. Hollywood Reporter

Alberto Luchini. Revista Metropoli   El Cultural  Ociocrítico

                                            El Confidencial






sábado, 27 de diciembre de 2014

The Interview: un triunfo de la Libertad


El estreno en Estados Unidos de la película The Interview, de Evan Goldberg y Seth Rogen, ha desafiado las amenazas del régimen comunista dictatorial de Corea del Norte, cuyo líder Kim-Jong-Un es sometido a una visión satírica sólo posible en países donde la Libertad es el derecho fundamental del ser humano. Que esta película llegue a los cines después del chantaje de Pyonyang al estilo del nazismo más deplorable, es un triunfo de la Democracia sobre la censura de los dictadores. 




Esta es la valoración que hice del estreno en el programa No Nos Moverán de Castilla La Mancha TV:


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Copyright © Víctor Arribas


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Surrealismo marxista


UN DÍA EN LAS CARRERAS (1937)






            El futuro de un hospital de descanso,  el Standish Sanitarium, depende de que su propietaria consiga pronto la financiación que impida su embargo. Forma parte de un complejo de vacaciones que  incluye casino, un hotel y un hipódromo para carreras de caballos. La joven Julia tendrá que confiar en las dotes del supuesto médico Hugo Z. Hackenbush y de sus dos “colaboradores”, Tony y Stuffy, para entre todos convencer a la millonaria señora Upjohn de que su mejor inversión es salvar el centro  médico. Pero las maniobras de Morgan y Whitmore, los dos arribistas que pretenden quedarse con el negocio, van a tratar de impedirlo. El futuro de la institución quedará en manos de un caballo, de nombre Chistera.

El gran éxito que había logrado la Metro Goldwyn Mayer con Una noche en la ópera despertó muchas voces dentro del estudio que reclamaban una nueva película en seguida, pero Irving Thalberg fue más prudente y dejó madurar la fruta, reposó las cuentas y atesoró razones para, pasado algo más de un año, plantear un segundo proyecto. Groucho, Chico y Harpo disfrutaban de la soleada California junto a sus familias amasando la fortuna que habían hecho gracias al porcentaje sobre los beneficios que les correspondió con esa primera película a las órdenes del enfermizo productor. En ese tiempo, un ejército de escritores convertidos en amanuenses bajo contrato componía el esqueleto narrativo de lo que sería el nuevo invento de Thalberg para el grupo de cómicos. Fueron necesarios casi veinte guiones distintos, modificados sucesivamente, hasta que se logró lo que buscaba exactamente. Tanto giró el argumento, que inicialmente había sido concebido como la historia de un grupo de actores que ofrecía una caótica representación en  una mansión victoriana. Los archivos de MGM reflejan la elaboración para el guión definitivo de treinta y siete textos, entre guiones, perfiles de personajes, adaptaciones y correcciones. Al cabo de una decena de tratamientos y de reescrituras, apareció en el texto escrito por Robert Pirosh, George Seaton y George Oppenheimer un Edificio Médico Quackenbush, primer antecedente del personaje que Groucho incorpora en esta película. En su versión definitiva, los guionistas se apoyaron una vez más en la confusión de identidades para construir toda la trama narrativa: Hackenbush no es médico, sino veterinario, pese a lo cual gozará del favor y la confianza de la ricachona Emily Upjohn.




La compañía al completo volvió a salir de gira para probar los números humorísticos, recorriendo varias ciudades del país. Todos los días se reescribían algunas escenas en función de la reacción del público En septiembre de 1936 comenzó el rodaje de Un día en las carreras, pero la desgracia quiso que el productor falleciera repentinamente por una neumonía durante las filmaciones, dejando huérfanos a sus protegidos, a los que había rescatado del fracaso. El nombre de Irving Thalberg no aparece en los créditos, sí el de su productor asociado Sam Spiegel, que años después se haría famoso por producir obras como La reina de Africa (African Queen, 1951) de John Huston o La ley del silencio (On the Waterfront, 1954) de Elia Kazan. El rodaje se interrumpió durante tres meses, un paréntesis en el cual el número uno de la Metro, Louis B. Mayer, reorganizó la compañía y tomó las riendas de la exitosa unidad de producción del desaparecido Thalberg. Los compromisos adquiridos de antemano con los hermanos Marx no podían romperse, pero muy pronto comprendieron los cómicos con quién se iban a jugar las cartas en el futuro.

Es la película con mayor metraje de la filmografía de los Marx,  pese a lo cual su rentabilidad en taquilla no se resintió. El público de aquellos años depresivos estaba dispuesto a asistir a una función de casi dos horas que combinaba las locuras del trío con los números musicales suntuosos de un corte parecido al que imprimía Busby Berkeley en sus coreografías. Una película, en suma, muy Metro Goldwyn Mayer, pese a ser de los hermanos Marx. Un día en las carreras, igual que Una noche en la ópera antes, logró atraer hacia los Marx al público femenino gracias a la incorporación de subtramas románticas entre dos jóvenes bien parecidos, Allan Jones, que repetía protagonismo como el joven con dotes artísticas, y Maureen O’Sullivan. La aportación de Thalberg había logrado limar las aristas de la anarquía narrativa y visual que reinaba en las películas del grupo.  Los momentos más recordados son como de costumbre los que nada tienen que ver con el argumento. El reconocimiento médico a la Sra. Upjohn, la siempre magnífica Margaret Dumont, dura apenas tres minutos pero se convierte en un frenético episodio de destrucción  irracional de todo aquello que guarde un cierto orden: comienza con la absurda esterilización de los brazos de los tres “médicos” que van a practicar el examen ante el verdadero galeno, Siegfried Ruman, continúa con la paciente tumbada boca arriba como un carnero en el matadero, cuelgan un cartel de “hombres trabajando” en sus pies, aplican espuma sobre su cara y comienzan a afeitarla, y concluye con la alarma antiincendios disparada y un caballo apareciendo bajo la lluvia. Un vergel surrealista en el que Groucho, Chico y Harpo despliegan todo su esfuerzo para que, cuando  salen de la escena, no quede en el decorado piedra sobre piedra. Esta secuencia histórica obtuvo el calificativo de “insuperable” en la obra magna de Bertrand Tavernier, 50 años de Cine Norteamericano



Harpo no aparece en el otro momento glorioso de Un día en las carreras, la escena reservada a Chico y Groucho de “¡al rico helado de tutti-frutti!”. Un escritor de diálogos que no aparece en los créditos, Al Boasberg, es el autor de ese diálogo que no experimentó improvisaciones por parte de los dos hermanos: tan conseguida estaba la escena sobre el papel, que no fue modificada durante el rodaje. Tony necesita dinero fácil para apostar por un caballo, Sun-Up, que va a ganar la carrera, y se disfraza de vendedor de helados para engañar a Hackenbush ofreciéndole un pronóstico equivocado, que además va a suponer que quede desplumado. La forma en que Chico le saca dieciséis dólares al confiado doctor  se convierte en una especie de resonancia lógica de la negociación del contrato del “mejor tenor del mundo” en Una noche en la ópera: el alumno aventajado ya ha aprendido lo suficiente para estafar con elegancia al supuesto estafador, el regador regado. Chico le engaña dando una lección  acelerada en cinco pasos. Le hace comprar:
1)      el pronóstico para la carrera, que viene cifrado en una clave: un dólar;
2)      un libro de claves para que entienda lo que significa ZVBXRPL. Otro dólar, aunque sólo por la impresión;
3)      una clave principal, que le costará al pobre de Hackenbush dos dólares por el transporte;
4)      una guía de criadores de caballos, aunque en realidad le entregará “cuatro por cinco”;
5)      otra guía para consultar el nombre del jockey que montará al caballo ganador. Como Chico no dispone de cambio de diez dólares, le entrega diez libros inservibles a cambio.

Es la estafa perfecta, la pequeña venganza sobre el plató del mayor de los hijos de Minnie, el preferido de su madre,  frente al más célebre de todos. Siempre será recordada como la escena en la que Chico hizo callar a Groucho hasta humillarle.




De nuevo las canciones cobran un relieve especial. Compuestas por Bronislau Kaper y Walter Jurman, y escritas por Gus Kahn, se integran  en la puesta en escena requerida por los hermanos Marx para desplegar sus excentricidades. La primera es Tomorrow is Another Day, interpretada por Allan Jones ante una enamorada Julia.  Siempre ha existido en torno al trabajo de los Marx la discusión sobre lo inoportuno de sus números musicales, cuando el arpa y el piano  venían a interrumpir sus locuras y detenían, en ocasiones abruptamente, lo frenético de la narración. Leo McCarey, su director en Sopa de Ganso, lo consideraba una ruptura innecesaria en la trama. Cuando Harpo y Chico cogen sus respectivos instrumentos, las caretas de sus personajes se vienen abajo: Adolph toca de forma íntima, para sí mismo, y Leonard lo hace para divertir a los demás. Pero hay otros momentos brillantes: el baile de Harpo a los compases del número musical  Gabriel con la comunidad negra instalada en chozas junto al complejo vacacional; la cena romántica de Hackenbush con la vampiresa Esther Muir, interrumpida por Tony y Rusty disfrazados de detectives primero y de pintores después, y la primera inspección médica a Harpo, en la que el enfermo se come el termómetro y se bebe el alcohol de farmacia. Ese imposible reconocimiento médico sirve a Hackenbush para hacer el diagnóstico más incomprensible de la historia de la ficción médica (“Tiene casi un 15% de metabolismo, con una tiroides superactiva y más de un 3% de afectación glandular. Y un 1% de inteligencia. Es lo que solemos designar como tipo idioticus cronicus, resumiendo, el caso más claro que se me ha presentado de cabeza de adoquín”).  La carrera final en la que Chistera, el caballo purasangre en cuyas patas descansa el futuro de la institución médica, se juega el triunfo final se prolonga durante varios minutos plagados de elementos y gags más físicos que verbales, como en casi todos los clímax finales de los Marx.




            En el aspecto anecdótico cabe incluir dos licencias del doblaje al castellano, cuando Groucho hace referencia al médico interpretado por Siegfried Ruman al que compara con Fidel Castro… que en 1937 era un niño de diez años y llegaría al poder en Cuba veintidós años después del rodaje. Y cuando el cast al completo entona unas estrofas del libreto West Side Story, escrito por Leonard Bernstein en 1957. Maureen O’Sullivan, la novia de Johhny Weissmuller en  tantas películas de Tarzán producidas también por MGM, acompaña a los Marx en el inevitable personaje femenino. Y Sam Wood repitió en la dirección pese a los esfuerzos realizados por Groucho para impedirlo, porque nunca se soportaron mutuamente.

Un día en las carreras se estrenó el 11 de junio de 1937

Diálogos Un día en las carreras:

Groucho, al gerente del sanatorio: “Mi experiencia médica no ha tenido mucho interés, excepto durante la epidemia de gripe”. Gerente: “¿Qué pasó entonces?”. Groucho: “Que cogí la gripe”.

Groucho, a Margaret Dumont: “Cásese conmigo y nunca más miraré a otro caballo”.

Chico: “Sun-Up es el peor caballo de la pista”. Groucho: “He notado que gana siempre”. Chico: “¡Bah!, eso es sólo porque llega el primero”. 

Groucho, a la secretaria: “Señorita: envíe un ramo de rosas rojas y escriba "Te quiero" al dorso de la cuenta”.

Secretaria: “Dr. Hackenbush, ¿podría ponerme el visto bueno a esto?”. Groucho: “Tengo mucho trabajo. Haré una cosa: le pondré ahora el visto, y venga después por el bueno”. 

Siegfried Ruman: “¿Quién ha llamado a estos hombres?”. Groucho: “No hace falta llamarlos. Se frota una lámpara y aparecen”.

(Este texto se incluyó en mi libro sobre Los Hermanos Marx publicado en 2009 junto a la edición videográfica de las películas que hicieron en MGM).

Copyright © Víctor Arribas
                                             


sábado, 6 de septiembre de 2014

viernes, 6 de junio de 2014

Firmo ejemplares de El Cine Negro en la Feria del Libro 2014

Será mañana, sábado siete de junio, estaré de seis a ocho de la tarde en la caseta de Notorious Ediciones,mpara firmar ejemplares del primer volumen de El Cine Negro.


Ya aprovecho para deciros que la elaboración del segundo volumen está muy avanzada, que se editará igualmente con mis amigos de Notorious y analizará otras 60 películas del género noir. Entre ellas, Angel Face, Atrapados, El caso de Thelma Jordon, Sangre en las manos, Voces de muerte...

Y os adelanto también que el proyecto de Notorious es que podamos sacar un tercer volumen dedicado a las películas negras de serie B, siempre limitandonos a la producción entre 1940 y 1959 que corresponde a la edad de oro del film noir americano. 

Luego, si Guillermo Balmori y Enrique Alegrete quieren, habrá varios más sobre post noir, y neo noir.

lunes, 19 de mayo de 2014

Milagro en Milán, en "Director Invitado" de 8madrid tv


Esta noche a las 22.00, presentaré una nueva película en el ciclo Director Invitado en 8madrid tv. Vittorio De Sica y su "Milagro en Milán" nos llevarán hacia un mundo tan mágico como realista. 


Reseñas del ciclo Director Invitado en 8madrid TV:

Los amantes de la noche

En un lugar sin ley (Ain't Them Bodies Saints)
(David Lowery, 2013)


Antes de realizar ninguna consideración sobre esta hermosa película negra del moderno cine norteamericano, conviene subrayar lo difícil que ha sido poder verla. Sólo se exhibe en tres cines de Madrid, tres salas sólo han apostado por Cine de calidad predestinado a ser carne de DVD en pocas semanas (¿ésta? ¿la próxima?) mientras en los multicines de palomitas y “emanems” se estrenan cada viernes docenas de películas sin historia imposibles de digerir.
El cauce del nuevo cine negro viene delimitado desde hace más de una década por lo que hagan, dejen de hacer, digan o escriban un par de señores que responden al apellido común de Coen. Los dos hermanos han situado el neo noir en su cúspide con El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasn’t There, 2001)  y Fargo (1996), y el camino paralelo del thriller con No es país para viejos (No Country For Old Men, 2007). La industria estadounidense ha producido en los últimos años varios títulos que mantienen el nivel que los Coen han establecido, auténticas joyas que recordaremos cuando se editen libros sobre el género dentro de 25 años: Antes que el diablo sepa que has muerto (Before The Devil Knows Your’e Dead, 2007) de Sidney Lumet; Ciudad de ladrones (The Town, 2010) de Ben Affleck; El demonio bajo la piel (The Killer Inside Me, 2010), de Michael Winterbottom; Drive (2011) de Nicolas Winding Refn; La huida (Deadfall, 2013) de Stefan Ruzowitzki; Prisioneros  (Prisoners, 2013) de Denis Vileneuve.


Ain’t Them Bodies Saints, traducida aquí con un olvidable En un lugar sin ley, escrita y dirigida por un desconocido David Lowery, se emparenta más con sus coetáneas en el género negro post moderno que con los clásicos a los que evoca con su historia de una pareja que se ama en el límite de la ley (unidos por el crimen): El demonio de las armas, Los amantes de la noche, Sólo se vive una vez, Malas tierras… Incluso con las más desconocidas Shockprooof (1949) de Douglas Sirk, en su tramo final (la pareja delictiva busca más un escondite que una huída), y Unidos por el crimen (Tomorrow Is Another Day, 1951), de Félix Feist. 
          
            

(Nota: ver recuadro dedicado a las parejas criminales "En el amor y en el crimen" en el libro El Cine Negro
de Víctor Arribas, Notorious Ediciones, 2011. Página 322)

El estrato social en el que nos sitúa esta descarnada historia de amor en el Texas de los años 70 es el de dos jóvenes novios(Bob Muldoon es Casey Afleck; Ruth Guthrey es Rooney Mara)  en una zona deprimida, que cometen pequeños robos y viven con los sueños de su futuro juntos a flor de piel.  En uno de esos atracos, se ven obligados a refugiarse en un cobertizo huyendo de la policía, y Ruth dispara a uno de los agentes hiriéndole de gravedad. Bob se inculpa para salvar a su amada, que esperará cada día el regreso de él cuidando al bebé de ambos que está a punto de nacer. Amor en la distancia, amor imposible de corporeizarse, anhelo de recuperar un amor tóxico… Por el camino se cruzará el policía Wheeler (Ben Foster), enamorado de Ruth, que tratará de cubrir la ausencia de un Bob fugado de prisión y en alocada carrera hacia un destino fatal y violento.

        

Parece ser que Lowery (un montador al que seguiremos los pasos desde ahora al milímetro) se ha inspirado en un cortometraje dirigido por él mismo para desarrollar la historia de Bob y Ruth, unidos en el amor y en el crimen, que conforman junto a Wheeler un gran triángulo romántico que resuena en la cabeza del espectador muchas horas después de terminar la proyección.  Su tratamiento visual del relato busca una inspiración lírica (a veces, demasiado) pero generalmente de factura clásica. Ejemplo de ello el muy interesante uso de la elipsis de que hace gala Lowery: el atraco inicial, que vimos en Gun Crazy o tantas veces en Bonnie y Clyde, aquí se queda fuera del montaje y ocurrirá sólo en la mente del espectador. La película podría estar firmada por Terrence Malick, y la pasaríamos como una de las mejores (más comprensibles) de su filmografía. Un gran hallazgo en el panorama tan decadente de los estrenos.

                                                   Copyright © Víctor Arribas



martes, 13 de mayo de 2014

El Director Invitado en 8madrid tv: Jacques Tourneur.

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Este lunes 12 de mayo de 2014 he estrenado la presentación de las películas del ciclo El Director Invitado en 8madrid. La primera, una joya del cine clásico: Yo anduve con un zombi-. Que la disfrutéis!!!

lunes, 12 de mayo de 2014

Mi estreno en 8madrid tv, esta noche a las diez.

                  

A las diez de la noche, en el canal 8madrid tv, presento el ciclo El Director Invitado que hoy se dedica al gran Jacques Tourneur y a su obra maestra Yo anduve con un zombi, un prodigio del terror sugerente y peculiar de RKO en los 40. Una pequeña pieza elaborada junto a Fran Gomez y Gerardo Cabrera introducirá el film para que podáis disfrutarlo en una noche mágica y llena de sensaciones cinéfilas!! 

                                     

Os espero cada lunes en este espacio de 8madrid tv. 



lunes, 28 de abril de 2014

Ocho apellidos vascos, de Emilio Martínez Lázaro

Reflexiones sobre el fenómeno del Cine español.         




Ha sido un acierto sentarse a ver la película más taquillera de la historia del Cine español dejando pasar unas semanas desde su estreno , y mucho más todavía escribir algo sobre ella habiendo comprobado cómo esta comedia tan poco transgresora y tan previsible se alza a las más altas cotas de audiencia que recordamos desde Avatar.  En seguida les explicaré por qué creo que no transgrede nada cinematograficamente hablando, y por qué es previsible hasta desembocar en un tercio final ciertamente desacertado. Pero lo primero es asimilar lo ocurrido con Ocho apellidos vascos en esta España de 2014, sacudida por la penuria económica, descreída de sus dirigentes y autoridades, y escéptica sobre el futuro hasta un límite que no se recordaba desde hacía décadas.
                Nadie daba por ella un euro, salvo lógicamente sus autores y productores (que no son necesariamente lo mismo). Así de claro. Aquel viernes de marzo, el gran estreno era Dallas Buyers Club que venía con la etiqueta del Oscar al mejor actor protagonista, y en aquellas fechas (¡un mes y medio tan sólo ha pasado!) los cuadernillos especiales de Cine dedicaban sus espacios estelares a  Hotel Budapest de Wes Anderson y Non-Stop de Jaume Collet-Serra (¿se sabe algo de ellas hoy?).  Las críticas fueron tirando a malas, salvo alguna excepción que demostró al final conocer mejor que los demás los gustos del público. Internet no jugó un especial papel en ninguna campaña multimillonaria para lanzarla a la cartelera. La prensa la relegó a espacios enunciados como “Otros Estrenos”. Las radios y las televisiones… ¡ay, radios y televisiones y su información sobre Cine! Todos esos medios de comunicación se rebelaron como inservibles para el exitazo que le esperaba inesperadamente a este film modesto, porque hay todavía un medio de comunicación más poderoso que esos: las conversaciones de la gente en la calle, en el supermercado, en el trabajo, al recoger los niños en el cole, al compartir cena de amigos el sábado por la noche. Ese ha sido el bastión de Ocho apellidos vascos, que encadenó un primer fin de semana magnífico en las taquillas con una semana posterior en la que todas esas conversaciones se sucedieron en España y tejieron una tupida red de voluntades y de información que fue mucho más lejos de lo que una pieza del más afamado crítico cinematográfico podrá llegar nunca. El boca-oído. La gente se fía más del gusto de las personas de su entorno que de los sesudos análisis escritos o telegrafiados.  Y entonces… se consagró el golpe magistral a las teorías destructivas del Cine español, las que defienden quienes sin ver más de dos películas al año atacan la producción entera con el argumento de que “son gente de izquierdas”, y las de los propios profesionales del Cine español que achacan a un gobierno y a la red Internet ser el origen de sus males. Tanto perjudican al Cine los unos como los otros, como queda demostrado con este milagro inesperado. ¿Era el IVA el culpable de que la gente no fuera al Cine? ¿Lo era el precio de la entrada? ¿Lo era la calidad de las películas? Como es ud. un lector o lectora inteligente, ya sabe contestar a esas preguntas.




                Y ahora vamos con lo previsible y lo mínimamente transgresor de la propuesta. Estamos ante una comedia, género en el que su director es especialista y ha tenido no pocos éxitos, desde Amo tu cama rica (1991) o  El otro lado de la cama (2002) (curiosamente para ser un especialista en comedias, su mejor título es un thriller, La voz de su amo). Es una historia sobre una pareja abocada al amor por mucho que su desarrollo indique lo contrario (¿les hago la lista de las comedias que se han hecho con ese mismo argumento?). Gira en torno a una boda, tipo Historias de Filadelfia pero en un pueblo costero del País Vasco. Se ampara en la confusión de identidades y en los equívocos (La Cava, McCarey, Lubitsch, Quine, Tashlin…). Y tiene un tercio final en el que se deja llevar hacia el previsible desenlace dejando su gamberrismo saludable de lado y convirtiéndose en una comedia romántica tipo Medianoche de Leisen, es decir, perdiendo su efectividad. A pesar de que sea poco sorprendente y de que estemos ante una comedia argumentalmente vista millones de veces, la película de Martínez Lázaro es valiente y atrevida, y muy muy necesaria. Los españoles tenemos que reírnos un poco de nosotros mismos y cuando alguien pone al lado a una jovencita vasca de estirpe nacionalista y a un andaluz de costumbres españolistas, exagera los tópicos regionales (tribales) para ponerlos en cuestión y agita el vaso mezclador, el resultado es una hora y media de entretenimiento y risa asegurada. 



Ocho apellidos vascos no trasciende géneros ni reglas. Trasciende los tabús de una sociedad enferma que necesita estos ejercicios de terapia colectiva. Con unos diálogos encajados milimétricamente al estilo y formas de vida de vascos y andaluces, con unos actores que se creen sus personajes (especial talento el de Karra Elejalde, pero muy aceptables también Dani Rovira y Clara Lago) y una función que supone una corriente de  aire fresco en el encastillado Cine español.

                                                   Copyright © Víctor Arribas




   

viernes, 25 de abril de 2014

James M. Cain


            

Las historias escritas por este genio de la literatura norteamericana del siglo XX tienen siempre un sello inconfundible y unos tipos humanos coincidentes, cercanos a una concepción noir por sus actos y por sus circunstancias, son gentes normales abocadas al crimen por situaciones de fatalidad y marginación. Personaje difícil y taciturno,  James Mallahan Cain (Annapolis, Maryland, 1892- University Park, Maryland, 1977) dió lo mejor de sí mismo en los  años en que vivió y trabajó en California cerca del mundo que tanto odiaba, el de las películas y los grandes estudios, donde ganó mucho dinero con los derechos de sus novelas. Muchas de ellas, con fuerte componente sexual,  eran consideradas inadaptables en una industria que había aceptado unas rígidas normas morales: “Sólo Dios sabe qué retorcimientos de mi mente me llevan a tomar estas direcciones, pero, incluso cuando intento escribir un serial, antes de que esté terminado, adquiere un rumbo muy censurable, y si no lo hace, es flojo a mi entender”. Pero sus argumentos, temas y ambientes no cayeron en saco roto sino que influyeron notablemente en el nacimiento del género negro y en innumerables películas de la época. 




Además de ser autor de la base literaria de Perdición, El cartero siempre llama dos veces y Alma en suplicio, escribió la novela que está en el origen de Ligeramente escarlata (Slightly Scarlett, 1956) de Allan Dwan. Como guionista, y con pocas participaciones acreditadas, adaptó a W.R. Burnett en Dr. Sócrates (1935) de William Dieterle, coescribió con John Howard Lawson Argel (Algiers, 1938) de John Cromwell, y participó decisivamente en la escritura de El embrujo de Shanghai (Shanghai Gesture, 1941) de Joseph Von Sternberg. 

Uno de sus trabajos más importantes fue en la supervisión del guión de Retorno al pasado (Out of the Past, 1947) de Jacques Tourneur, según Javier Coma “puliendo la adaptación de la novela original (…) y dando un  brillo singular a los diálogos del film”. Cain casi nunca veía películas, repudiaba todo lo que rodeaba a la industria de un Hollywood del que huyó con la llegada de los inquisidores, y se refugió en Maryland hasta sus últimos días.

                                                     Copyright © Víctor Arribas

martes, 8 de abril de 2014

Por el bien de los humanos...

Ultimátum a la Tierra
The Day The Earth Stood Still. Trailer original en inglés



            La producción del cine norteamericano en los años cincuenta fue prolífica en títulos de ciencia-ficción y anticipación. Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) inauguró una relación de películas que se adentraron en la fantasía de otros mundos que nos visitan. Fue coetánea con otra gran obra del género: El enigma… de otro mundo (The Thing, 1951), de Christian Niby y Howard Hawks, en la que un ser de procedencia desconocida atenazaba a una comunidad de científicos en su base investigadora del Ártico. La división geopolítica en bloques que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y los temores despertados por la Guerra Fría  con la Unión Soviética como enemigo, suscitaron un caldo de cultivo literario y fílmico que no tardó mucho en ofrecer sus primeros frutos. Del sentimiento anti-comunista se pasó al pánico. La sociedad estadounidense vivía atenazada por el miedo a que los conflictos bélicos no se produjeran ya en las lejanas selvas del Pacífico sino que tuvieran como escenario cualquier zona poblada de Kansas o de Tennesee. En La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953) de Byron Haskin, basada en la novela de H.G. Wells, un meteorito cae en un a tranquila zona residencial de California y pronto comenzarán a aterrizar el resto de objetos espaciales con fines invasores. En It Came From Outer Space (1953) de Jack Arnold e inspirada en un texto de Ray Bradbury, una nave alienígena se deposita sobre el desierto de Arizona y sus tripulantes comienzan la invasión adoptando la identidad de los seres humanos a los que van “conquistando”. En La tierra contra los platillos volantes (Earth vs. The Flying Soucers, 1953) de Fred F. Sears, con el mago de los efectos especiales Ray Harryhausen al frente, los militares reciben con misiles a los recién llegados, que lucen una auténtica flotilla de naves circulares que van destrozando los símbolos del poder en la capital federal norteamericana. En Invasores de Marte (Invaders From Mars, 1955) de William Cameron Menzies, el enemigo prefiere invadir por medio de la alienación de las personas para una vez controlada la raza humana apoderarse del planeta: todos los alienados se comportan igual, se mueven igual, dicen las mismas cosas y         persiguen un mismo objetivo. De esta variante temática se ocupa también La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion on the Body Snatchers, 1956) de Don Siegel, que adapta un relato de Jack Finney y muestra una pequeña localidad (otra vez algo romperá la aparente calma de la soleada California) en la que muchos ciudadanos comienzan a comportarse de forma extraña y homogénea. La invasión extraterrestre y hostil se hace patente a través de unas vainas gigantes que sustituyen al organismo humano durante el sueño.





            Pero el género también abordó las consecuencias de la era atómica sobre las más variadas bestias. Surgen las mutaciones amenazantes en la pantalla: hormigas gigantes en La humanidad en peligro (Them!, 1954) de Gordon Douglas, arañas en Tarántula (Tarantula!, 1955) de Jack Arnold, cangrejos en El ataque de los cangrejos gigantes (Attack of the Crab Monsters, 1957) de Roger Corman, o monstruos resurgidos del pasado ancestral en El monstruo de tiempos remotos (The Beast From 20.000 Fathoms, 1953), de Eugene Lourie. Eso, cuando la víctima de las mutaciones no es el propio ser humano, como en El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957) de Jack Arnold o en El ataque de la mujer de 50 pies (Attack of the 50 Foot Woman, 1958) de Nathan Juran.  También Japón se lanza a producir película fantásticas basadas en temores cotidianos de su sociedad pos-Hiroshima: Godzilla (1954) de Hishiro Honda.



UN AVISO A LA HUMANIDAD
La primera conclusión que se extrae a la vista de este amplio abanico de la ciencia-ficción de los 50 es que  Ultimátum a la Tierra mostraba al invasor desde el punto de vista positivo, como visitante pacifista que lo único que quiere de nosotros los terrícolas es advertirnos del riesgo que comporta el camino emprendido por la Humanidad.  Parece que los extraterrestres fuéramos los propios humanos, víctimas de la paranoia de comprobar cómo más allá de nuestra narices hay un mundo inteligente y no ofensivo a pesar de todos nuestros temores. El punto de vista narrativo se sitúa en el invasor, Klaatu es protagonista para que el espectador sea consciente de lo absurdo de todos esos miedos hacia invisibles enemigos, que se ponga en el pellejo de los mandatarios internacionales a los que el personaje que interpreta Michael Rennie lanza su diatriba pacifista. Nuestro invitado inesperado encuentra como únicos aliados de su misión, a la postre salvar la Tierra, a una mujer, un niño… y a los científicos , los mismos a los que Christian Niby y su socio Howard Hawks habían colocado en situación de máximo riesgo ante un ser de otro planeta que irrumpe en la cotidianeidad de su trabajo.  Ellos son lo mejor de la especie humana y con ellos al frente, y no con los enloquecidos mandatarios políticos, no pesa amenaza alguna, viene a decir la película.


El relato titulado A Farewell to the Master apareció publicado en la revista Astounding Stories en el otoño de 1940. Había sido escrito por Harry Bates, un autor de ciencia-ficción que se hizo famoso como editor. La historia que concibió para los lectores daba mucha mayor presencia e importancia al personaje robótico, que urbana el nombre de Gnut. Aquí el punto de vista de la narración no está en los ojos de Klaatu, que muere al principio de la historia, sino en un periodista que asiste a los acontecimientos desde que se produce la llegada de la nave a Washington. Y la otra gran diferencia entre el original y el film reside en el espíritu que rodea a la Humanidad, que no es vista con pesimismo ni con necesidad crítica. Gracias a la perspicacia de Julian Blaustein, que propuso al magnate de la Fox Darryl F. Zanuck comprar por mil dólares los derechos de la pequeña novelita, se abordó el proyecto para llevar a la pantalla la aventura de Klaatu entre los terrícolas. Se encargó el guión a un escritor  experimentado en western y cine negro, Edward North, que incluyó en guión gran cantidad de cambios estructurales y narrativos. El título de la película cambió tres veces:   comenzó siendo idéntico al elegido por Bates, para luego denominarse Journey into the World y finalmente The Day the Earth Stood Still, como hoy se la conoce. La inversión de 100.000 dólares en los rudimentarios efectos visuales (el platillo volante, el traje de látex de Gort) fueron ampliamente recuperados en taquilla. Lock Martin, el portero del Teatro Chino del boulevard Grauman fue elegido para ponerse ese pesado disfraz del  robot que balbucea “Klaatu barada nikto!”, una frase en clave que ha pasado a la historia del género.


ROBERT WISE Y SUS ACTORES
            El director Robert Wise, nació en Winchester,  Indiana en 1914 y murió en Los Angeles en 2005. En su trayectoria siempre será recordado su trabajo para la unidad de producción dirigida por el gran Val Lewton en la R.K.O., que dio al género del terror fantástico algunas de sus mejores obras de siempre. Wise, montador profesional del estudio, había sustituido a Gunther Von Frisch al frente de La venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, 1944), secuela de La mujer pantera (Cat People, 1942) DE Jacques Tourneur, seguramente la obra maestra de ese ciclo inolvidable.  Había sido el responsable del montaje de  Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles y su fama ha quedado acreditada gracias a éxitos absolutos de taquilla como Quiero vivir (I want to Live, 1958),  West Side Story (1962), y Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1962). No obstante, su mayor influencia se mantiene por producciones mucho menos aparatosas, más modestas y recordadas por los cinéfilos como Sangre en la luna (Blood on the Moon, 1948), Nadie puede vencerme (The Set-Up, 1949) o Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, 1956).

            Michael Rennie fue un actor británico educado en Cambridge y formado como soldado de la RAF en la Segunda Guerra Mundial. Intervino en grandes títulos del cine norteamericano: La rosa negra (The Black Rose, 1950) de Henry Hathaway, Operación Cicerón (Five Fingers, 1953) de Joseph Leo Mankiewicz, y Las ratas del desierto (The Deserts Rats, 1953) de Robert Wise entre otras. La heroína de Ultimátum… es una de las actrices más prestigiosas y serias del Hollywood, Patricia Neal. Nacida en Kentucky en 1926, fue contratada por  Warner   para los primeros títulos de su carrera como El Manantial (The Fountainhead, 1949) de King Vidor y El rey del tabaco (Bright Leaf, 1950) de Michael Curtiz. Trabajó con algunos de los mejores directores como Elia Kazan en Un rostro en la multitud (A Face in the Crowd, 57), Blake Edwards en Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961), Otto Preminger en Primera victoria (In Harm-s Way, 1965), y con Martin Ritt en el papel que le permitió ganar su único Oscar ®, Hud, el más valiente entre mil (Hud, 1963).   

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